La ardilla fugitiva

por Célia Xavier de Camargo
Traducción:Carmen Morante

En un claro del bosque habitaba una familia de ardillas que vivía en paz y armonía. La pequeña familia estaba formada por papá Ardilla, mamá Ardilla y un par de hijos muy obedientes. Todos se querían sinceramente, pues entre ellos había comprensión y amistad.

Mientras papá Ardilla salía emn busca del sustento de la familia, mamá Ardilla se quedaba en casa cuidando a los hijos y haciendo las tareas domésticas.

Cierto día, mamá Ardilla descubrió que iba a ser madre de nuevo. Todos estaban muy felices. Después de todo, los pequeños eran grandes y hacía falta un bebé en casa. Dentro de poco tiempo, la familia creció. ¡Era un lindo hijito!

El pequeño crecía rápido y se volvía cada vez más exigente. La pequeña familia vivía en función de él, cumpliendo todos sus deseos.
¡Pero no todo podía ser permitido! Y cada vez que su mamá le llamaba la atención, él se quedaba enojado e infeliz.

Con el pasar del tiempo, empezó a darse cuenta de que nadie lo quería. Siempre vivían regañándolo: “¡No hagas esto, Ardillita! ¡No hagas aquello! ¡Arregla tus cosas!”

Un día, cansado de todo y sintiéndose muy triste, se escapó, decidido a vivir libre en el bosque. Su mamá siempre le había advertido de los peligros que encontraría, pero a él nunca le importó. Su papá tampoco le había permitido jamás que se internara en el bosque solo, preocupado por su seguridad. Ahora, sin embargo, él era libre y no necesitaba obedecer las órdenes de nadie.
- ¡Uff! Al fin voy a llevar la vida que siempre deseé. Ya soy lo suficientemente grande para cuidar de mí mismo – pensó.

Anduvo bastante por el bosque, satisfecho de la vida.
Al poco tiempo fue oscureciendo y la pequeña ardilla no había encontrado aún donde refugiarse. Los ruidos del bosque lo asustaban y deseó estar al lado de su mamá, siempre tan amorosa. Pero ahora estaba perdido. No sabía cómo volver. ¡Y, además, tenía muchísima hambre!
La oscuridad fue haciéndose más grande y más aterradora.
Cansado de tanto andar, Ardillita se acurrucó en el tronco de un gran árbol y se durmió después de tanto llorar.
En la mañanita, se levantó escuchando el ruido de las hojas secas. Alguien se acercaba. Se levantó rápido. ¿Tal vez era alguien que podría ayudarlo?
¡Era un lobo enorme y amenazador!

Cuando el lobo aulló, mostrando los dientes peligrosamente, la ardillita salió corriendo lo más rápido que pudo.
Al darse cuenta de que no estaba más al alcance del lobo, se detuvo para descansar.
- ¡Uff! ¡Qué cansancio! – dijo más aliviado.

En eso, escuchó un ruido extraño, como si fuera una sonaja. Miró hacia el suelo y vio una enorme cobra lista para dar un salto. Asustado, huyó nuevamente tan rápido como le permitieron sus piernas.
Con el corazón dando saltos y la respiración agitada, se detuvo junto a un árbol. ¡Las piernas estaban temblando! Se había apoyado en él para recuperar el aliento, cuando escuchó un zumbido diferente.
¿Qué sería? Miró hacia un lado y se dio cuenta que casi estaba tocando un gran panal de abejas. ¡Y ellas parecían estar realmente enfadadas!
Reuniendo las fuerzas, escapó de nuevo buscando escapar del enjambre que venía en su dirección.
Al mirar hacia atrás, no vio un riachuelo que estaba delante. Cayó dentro de él, quedando todo empapado.
Felizmente, las abejas lo perdieron de vista y Ardillita pudo salir del agua tranquilamente. Mirando a su alrededor, reconoció el lugar. ¡Sí! ¡Estaba cerca de casa! Con más confianza, tomó un pequeño camino y en pocos minutos llegó al claro donde vivía.

Todos se sintieron felices y aliviados con su regreso y lo abrazaron y besaron repetidas veces.
Más recompuesto, después de comer convenientemente, Ardillita dijo a su mamá:
- Sabes, mamá, ¡descubrí que nada es mejor que el hogar! Pensé que no me amaban porque vivían reprendiéndome. Ahora sé que es precisamente porque me aman mucho que actúan así. Pasé por muchos peligros, sintiéndome solo y desamparado. Mientras que aquí, junto a ustedes, estoy seguro y tranquilo.

Y la mamá, con lágrimas en los ojos, afirmó risueña:
- Es verdad, hijo mío. Nada como el amor de la familia. Sin embargo, jamás estuviste desamparado. Dios velaba por ti y te trajo sano y salvo para que vivamos juntos.
Y Ardillita, bajando la cabeza, dijo conmovido:
- ¡Gracias, Dios mío, por la familia maravillosa que me concediste!

TIA CÉLIA



Fuente: El Consolador, Revista Semanal de Divulgación Espírita, Revista Semanal de Divulgación Espírita, Año 11 - N ° 537 - 8 de octubre de 2017


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