quarta-feira, 21 de junho de 2017

EL BUEN EDUCADOR


El educador antes que nada ha de ser una persona que esté educada.

Pese a que esta afirmación pueda parecer una obviedad, desgraciadamente no suele corresponder a la realidad. No, en la mayoría de los casos. Pero es de pura lógica que quien pretenda educar a otros deba de estar bien educado y tener la capacidad de educar a otros, ya que nadie pueda dar aquello que no tiene.

¿Y que significa estar bien educado?

Lo que hace la diferencia, muy probablemente, reside en el deseo constante de mejorar y superarse a sí mismo, de alcanzar nuevas metas y estar siempre dispuesto a aprender de los errores, a sacar lo bueno y positivo que hay en todas las cosas, en todas las situaciones y, que duda cabe, en todas las personas.

Estar educado es haber desarrollado y potenciado en buena medida lo mejor de uno mismo, nuestros talentos, tener un proyecto de vida bien dirigido y un porqué al que dirigir nuestros esfuerzos.

Ser o estar educado tiene mucho que ver con la actitud coherente que debe haber entre nuestros pensamientos, sentimientos y acciones.

Además de estas cuestiones, ha de poseer una serie de condiciones que lo convierten en una persona capaz de transmitir al otro aquello que se desea transmitir.        ●●●►


El buen educador es una persona de trato agradable, simpático, con capacidad para el diálogo, empático por naturaleza para comprender al otro. Es una persona benevolente con los errores del prójimo, bondadoso y amoroso. Es sumamente respetuoso, afectivo sin afectación, autentico y auto-disciplinado, de carácter firme pero no autoritario, y con mucho sentido del humor para lidiar con las diferentes situaciones que la vida nos presenta.

En otro sentido, el educador debe esforzarse por conocer los aspectos psicológicos que envuelven el desarrollo del niño y del adolescente para poder comprender y atender las necesidades de cada etapa, propiciando los medios para alcanzar el éxito en la labor educativa. Y, además, ha de ser una persona de su tiempo, conocedor de la cultura, de las nuevas tecnologías, del mundo de sus educandos, para enseñarles a vivir y a utilizar estas cuestiones para el propio progreso.

Hay una cuestión muy importante que todo educador ha de tener en cuenta: ha de ser consciente de que se educa principalmente por medio de la ejemplificación, es decir, a través de la conducta, de lo que se dice, cómo se dice y, fundamentalmente, por lo que se hace.

El educador ha de ser muy consciente de ello. La coherencia en todos nuestros actos es la clave de todo aquel que se propone ser un buen educador.

Jesús, el Educador por excelencia, cumplía sobradamente estos y otros requisitos y son numerosos los ejemplos que encontramos en el Evangelio.
Mientras tanto, sabemos que somos seres inacabados, imperfectos pero dinámicos y en constante evolución. No estamos exentos de defectos pero debemos poner en destaque nuestros deseos de mejorar y superarnos. Como seres perfectibles que somos, el buen educador debe estar vigilante y abierto a la reforma íntima constante.

En toda acción educativa se pretende despertar la buena voluntad, la colaboración, proporcionando un camino fácil y atractivo, despertando en el educando el deseo de caminar por sí mismo hacia la meta u objetivo que se pretende alcanzar. Ese es el mayor triunfo.

La flexibilidad, el conocimiento pleno de las circunstancias que rodean al otro y la capacidad para alentar y ayudarle a descubrir sus capacidades, su lado mejor y más noble, desde el respeto a la libertad individual, encierran el secreto de una buena educación y el éxito de un buen educador.


Valle García

Proyecto Semillas del Futuro del CELD
Miembro de la Comisión de Infancia, Juventud y Familia de la FEE


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