domingo, 4 de dezembro de 2016

Oración en familia

Felipe, de seis años, andaba triste. Cuando el padre estaba trabajando, el ambiente de la casa era alegre, festivo. Él y la madre se entendían bien, jugaban juntos, arreglaban la casa y, cuando llegaba la hora, él la ayudaba en la cocina a preparar el almuerzo para el padre y Samuel, el hermano mayor, que llegaría de la escuela con hambre.

Sin embargo, el padre llegaba con la cara amargada y protestando de todo. La comida estaba salada o sin sal, quería carne y no legumbres, porque no fue hecho zumo de naranja en vez de papaya, y así por delante.

Cierto día, él golpeó en la mesa y protestó a gritos:

— ¿Otra vez macarrones con pollo?

Y la madre, temblando, respondió:

— Querido, hice ese plato porque a ti te gusta. ¿Prefieres que fría un huevo?

— ¡Pues no lo soporto más! ¡No quiero nada! — respondió él, levantándose de la mesa y caminando para el cuarto.

La madre y los hijos oyeron las pisadas fuertes de él hasta el cuarto; después, cerró la puerta con estruendo, haciéndolos estremecer.

Conteniendo las lágrimas, la madre miró para los hijos e invitó:
— Vamos a comer en paz, mis hijos.

Sin embargo, nadie consiguió comer más. Estaban molestos, con la cabeza baja, pensativos. La madrecita miró para Samuel y Felipe y explicó:

— Mis hijos, no estéis tristes con el papá. Él nos ama mucho, sin embargo ha tenido momentos difíciles en la empresa y por eso está nervioso. Orad por él, pues papá necesita mucho de ayuda.

Los niños estaban de acuerdo, balanceando la cabeza. Sin embargo, la situación no cambiaba.

A la semana siguiente, delante de otra escena a la hora del almuerzo y cansado de ver al padre entrar en casa, nervioso y pelear con la madre, Felipe se levantó de la mesa y se fue para el cuarto.

El padre, irritado al ver al chico salir de la mesa e ir para el cuarto, fue detrás de él.

Al llegar, abrió la puerta despacio y espió. Vio a Felipe arrodillado cerca de la cama, con las manos juntas y a ciegas.

Él decía:

— Jesús querido, papá está muy cansado de tanto trabajar por nuestra causa. Creo que somos una carga muy pesada para él. A mí me gustaría poder ayudarlo, pero aún soy pequeño. Entonces, te pido que lo ampares para que él se sienta más aliviado y no sufra tanto. Nosotros lo amamos mucho, sin embargo creo que papá no sabe eso. Habla para él, por favor. Gracias.

Al oír las palabras de Felipe, el se sintió avergonzado. Quería darle una lección por haber dejado la mesa sin pedir permiso, pero ahora...

Viendo que el hijo había acabado de orar, el padre lo vio enjugar los ojos y levantarse. Entonces, se aproximó y dijo con lágrimas en los ojos:

— ¡Mi hijo, no sabía que estaba haciendo tanto mal a vosotros, la familia que amo tanto!

El pequeño abrazó al padre y con amor:

— Papá, yo lo entiendo. Es que sólo tú trabajas en esta casa. El otro día, dijiste que nosotros somos un peso para ti, que gastamos mucho. ¡Quiero poder ayudarte y no puedo!

El padre lo apretó aún más junto al corazón, arrepentido de las palabras que había dicho:

— No, mi hijo. Vosotros no sois pesados para mí. Yo es que estoy nervioso con el trabajo que hago. Como no puedo despejar mi irritación sobre los compañeros y el jefe, llego a casa y descargo en vosotros. Os pido perdón por haceros sufrir. Tú eres el mejor hijo que alguien podría tener, créelo.

Felipe, comprendiendo la situación del padre, lo aconsejó:

— Papá, tú necesitas hacer oración pidiendo para que Jesús te ayude en el trabajo.

El padre sonrió balanceando la cabeza y concordó:

— Es verdad, Felipe. Me he olvidado de orar. Cuando entré en el cuarto y te vi haciendo una oración, sentí un gran bienestar. ¡Puedes creer! Tú ya me ayudaste bastante. ¿Ahora vamos a volver para la sala?

Con las manos cogidas, ambos volvieron a la sala donde la mesa aún estaba puesta.

La madre y Samuel aguardaban callados. Al ver al padre llegar sonriente, con la mano cogida a Felipe, ellos se sintieron más aliviados.

Avergonzado, el padre se disculpó:

— Quiero que me perdonéis por todo lo que he hecho de malo en esta casa. Yo estaba ciego, y fue preciso que Felipe me abriera los ojos. Entiendo ahora que no era el trabajo que me dejaba irritado, sino la manera como yo luchaba con mis problemas.

— ¿Como es, papá? — indagó Samuel.

— Mi hijo, nadie tiene culpa de nuestros problemas sino nosotros mismos. ¡En vez de hacer una oración, que me daría condiciones para enfrentar las dificultades, yo hallaba más fácil echar la culpa a los otros! ¿Entendiste? Sin embargo, era yo que necesitaba modificarme.

El padre abrazó a la esposa, los hijos y prometió:

— Quiero ser un esposo y un padre mejor de lo que he sido. Así, cuando yo esté equivocado, por favor, corregidme. ¡Ah!... Y vamos a establecer una regla: a partir de hoy, antes de las comidas, vamos a hacer una oración en conjunto.

Todos quedaron contentos, hallando excelente la idea. El padre sugirió:

— Ahora, ¿vamos a volver para la mesa y comenzar de nuevo la comida? La mamá calentará la comida y nosotros vamos a orar agradeciendo a Jesús por este día de bendiciones.

Se sentaron y el padre comenzó a orar:

— Señor perdóname por los males que he causado a la familia que tanto amo. Te agradezco por la esposa y por los hijos que hacen la alegría de este hogar.

Ayúdame a cambiar y a percibir cuando estoy equivocado. Danos un buen almuerzo y tu paz. ¡Así sea!


MEIMEI


(Recebida por Célia X. de Camargo, em 7/7/2014.)
http://www.oconsolador.com.br/ano8/373/espiritismoparacriancas_espanhol.html


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