quinta-feira, 7 de julho de 2016

Pipo, el burrito valiente

Una vez, Pipo, un burrito, cansado de ser despreciado por sus compañeros en el establo, sintió que era muy infeliz. No tenía amigos. Los otros animales, caballos, bueyes, vacas, carneros y ovejas, se burlaban de él.

Mimosa, la vaca pinta, mugía:

- ¡No sirves para nada, Pipo! Yo produzco la leche para mis becerros y para alimentar a los hijos de nuestro patrón. Pero tú, un burrito, ¿para qué sirves?

Rumiando la hierba, Tifón, el caballo de carreras, levantó la cabeza y asintió:

- Es verdad. Si por lo menos Pipo pudiera participar de las carreras como yo, su vida sería muy diferente. ¡Ah! ¡Es tan lindo oír los aplausos de la multitud cuando gano una carrera! El patrón me acaricia diciendo palabras gentiles y, además, siempre recibo una ración extra. Pero nuestro pobre burrito, ¡no sirve para nada!...

La oveja Clara sonrió y asintió:
- ¡Se lo merece! Si por lo menos Pipo tuviera pelaje, como yo, que el patrón esquila para hacer abrigos y mantas, sería tratado con consideración y respeto.

¡Pero el pobre no tiene ninguna utilidad!...

Con cada animal que hablaba, el pobre burrito bajaba un poco más la cabeza, avergonzado, sintiéndose despreciado por todos. Cansado de oír lo que decían de él, Pipo buscó el lugar más apartado del establo, se acostó y allí se quedó quieto y lloroso. Los compañeros terminaron por olvidarse de él, hablando de otros temas.

Ese mismo día, más tarde, cayó una gran tormenta y los animales no pudieron salir del establo e ir al campo. Pero, el burrito permaneció acostado, triste y avergonzado por no tener cualidades. Después de mucho llorar, acabó dormido mientras la lluvia caía.

De pronto, un ruido repentino lo despertó. Era el patrón que venía a buscar a uno de sus animales para que lo ayude a retirar un árbol que, debido a la lluvia, había caído en medio del camino bloqueando el paso.

El burrito miró hacia fuera y vio que la lluvia había cesado y el sol volvía a brillar, pero no se movió. Estaba triste y quería quedarse allí, acostado.

Junto a su hombre de confianza, el patrón miró a cada uno de sus animales del establo y dijo pensativo:
- ¡Necesito un animal que sea muy fuerte!

- Patrón, ¿y qué tal Tifón, el caballo de carreras? ¡Es fuerte!

– dijo el empleado.

- No creo que sirva. Tifón es muy temperamental.

- !Ah¡ ¿Y Mimosa, la vaca pinta? ¡Es grande, pesada y tiene fuerza, mi señor!

El patrón pensó un poco y respondió:

- No sirve. Mimosa tiene dificultades para obedecer.

¡Es terca y sólo hace lo que quiere!

- ¿Y la oveja Clara? Está acostumbrada a obedecer, señor.

- Es verdad. ¡Pero no tiene la fuerza que necesitamos!

De repente, andando por el establo, el patrón vio al pobre burrito, que se había despertado pero no se había levantado, desanimado de la vida, y sonrió:

- ¡Ya sé! ¡Pipo, nuestro burrito de carga! ¡Él tiene todas las condiciones necesarias para ejecutar esta importante tarea! Es fuerte, obediente y digno de toda confianza.

Diciendo esto, el patrón hizo una caricia en el lomo del burrito y ordenó:

- Pipo, ¡necesitamos tu ayuda! ¡Levántate! ¡Tenemos que quitar un árbol de la mitad del camino y solo tú puedes hacerlo! ¡Vamos, mi valiente compañero!

El burrito abrió los ojos y levantó las orejas más animado. Se puso de pie y, con la cabeza erguida, orgulloso de haber sido escogido para aquella tarea, pasó trotando en medio de los demás animales que, con la boca abierta, no creían lo que estaba sucediendo.

Pipo fue llevado hacia el camino con todos los honores. El patrón y su ayudante amarraron cuerdas al tronco del árbol y, en seguida, las pasaron por el cuerpo del burrito que, usando todas sus fuerzas, ¡tiró, tiró y tiró!... Sudando y, con la cabeza agachada, tiraba siempre.

Tanto se esforzó Pipo, que consiguió quitar el árbol que obstaculizaba el camino.

Después, muy feliz por haber realizado su tarea, volvió al establo.

Cuando llegó, los demás animales lo rodearon, curiosos, preguntando cómo había sido el servicio que prestó. Y él respondió, tranquilo y satisfecho:

- ¡Fue fácil! Soy fuerte y resistente. ¡Estoy acostumbrado a grandes cantidades de peso!

Y ante la admiración de los demás, comunicó:

-Ahora voy a descansar un poco. ¡Trabajé bastante y me lo merezco!

La vaca, la oveja, el buey y el caballo de carreras, asombrados, pasaron a tratarlo con todo el respeto que el valiente burrito merecía. Y desde ese día, nunca más se burlaron de nadie, porque entendieron que todos tienen cualidades que, a menudo, ¡desconocemos!

MEIMEI


(Recibida por Célia X. de Camargo, el 2 de marzo de 2015)

Traducción: Carmen Morante

Fuente: O Consolador- Revista Semanal de Divulgación Espirita, Año 9 - N° 412 - 3 de Mayo de 2015
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