quinta-feira, 19 de maio de 2016

Vida en el Más Allá

Alfredo estaba muy triste. Tato, su amigo y compañero de escuela, falleció y él quedó inconsolable.

No tenía más ganas de ir a la escuela, de pasear, de andar con la bicicleta, de nada. Porque todo eso

él lo hacía con su amigo Tato, que ahora no estaría más allí con él para alegrar sus días.

Muy triste, Alfredo iba a la escuela, sin embargo no encontraba más placer en las actividades que

antes hacía con Tato. Hasta que un día Jane, su compañera de clase, viéndolo tan molesto, lo consoló

afirmando:

— ¡Alfredo, no necesitas estar así triste!  ¡Tato no murió, sólo cambió de

lugar!

— ¿Cómo es así? ¿Quién fue que te dijo eso?... — preguntó él,

sorprendido. 

— ¡Es verdad, Alfredo! La muerte no existe. ¡Todos nosotros somos

inmortales! Sólo cambia el lugar: ahora estamos aquí, ahora en el mundo

espiritual.

— ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te contó eso, Jane? — quiso el chico saber,

espantado.

Ella contó que era de familia espírita y que los padres le

explicaron sobre la muerte, que es sólo del cuerpo físico. ¡El Espíritu es inmortal y va para nuestra

Verdadera Vida, aprender siempre!

— ¿Quieres decir que nadie muere?!... — indagó Alfredo, asombrado con esa noticia.

— ¡Jane! ¿Yo puedo volver a ver a mi amigo Tato?

Alfredo agradeció a Jane y retornó para casa con otra expresión. Llegando, indagó a los padres si

ellos sabían que la muerte no existe. Ellos intercambiaron una mirada, y la madre dijo:

— ¿Qué conversación es esa, mi hijo?

— Fue Jane quién me contó, mamá.

Y él explico a los padres lo que había oído de la compañera de escuela, pero su padre reaccionó:

— ¡Mi hijo, no creas en esas cosas! Todo eso es conversación sin fiar. Pero voy a buscar saber bien y

después volveremos a conversar, ¿está bien?

Alfredo concordó. Sin embargo, en su interior, sentía que su amigo Tato no podría haber dejado de

existir.

Algún tiempo después, Alfredo, preocupado, estudiaba para una prueba, pues no entendía bien la

materia, cuando “sintió” a alguien a su lado. Miró y vio a Tato allí cerquita y sonriente. Él colocó la

mano en su hombro y dijo:


— ¡Alfredo, no te preocupes! Tú saldrás bien en la prueba. ¡Si estudias la

materia bien,  prometo ayudarte!            

Al ver al amigo, ahora en el Mundo Espiritual, del mismo modo que era antes,

con una ropa que él conocía bien, y hablando, Alfredo quedó emocionado.

— ¡Tato, ¿eres tú mismo?!...

— ¡Claro! ¿Tienes alguna duda?

— ¡No! ¡Siento que eres tú y continúas mi amigo, como siempre!

— Sí. ¡La muerte del cuerpo no cambia a nadie; continuamos lo mismo, sólo que aprendemos mucho

más! Estoy viviendo con mi bisabuela Rosa y me siento feliz. Da un abrazo a mis padres por mí. Ellos

creen que morí y eso dificulta nuestra relación.

Tato se despidió y Alfredo continuó estudiando. Al día siguiente, a la hora de la prueba, Alfredo

estaba confiado. Sólo que en una de las cuestiones él no conseguía recordar la respuesta. En ese

instante, él vio a Tato, que le dijo:

— ¿Te acuerdas de la última página que tiene ese texto? Bien en el final, está la respuesta que

necesitas. ¡Filtra la memoria! Y tampoco te olvides de lo que le pedí, ¿cierto?

Alfredo cerró los ojos y, en pensamiento, abrió el libro en esa página y se acordó:

— ¡Ya sé! — gritó en voz alta, asustando a los compañeros.

La profesora hizo señal de silencio, y él enrojeció de alegría. Respondió a la pregunta y entregó la

prueba. Al final, la profesora le preguntó por qué había gritado, y él respondió:

— Profesora, no me acordaba de la respuesta a una pregunta que había estudiado. No sabía  qué

hacer, cuando vi a Tato a mi lado y él me recordó: ¡la respuesta está al final de la última página

marcada para la prueba! Entonces, yo me acordé de lo que había estudiado.

La profesora y los alumnos estaban sorprendidos delante de lo que Alfredo contó.

— ¿Y cómo está Tato? — preguntó la maestra, mostrando que entendía lo que hube ocurrido.

— ¡Muy bien! Está del mismo modo, con la misma ropa que le gustaba, sin embargo parece más

ligero y risueño.

A la tarde, Alfredo fue hasta la casa de Tato, encontrando a los padres de él tristes y llorosos.

Entonces él les relató todo lo que había ocurrido, inclusive en la prueba de la mañana, concluyendo:

— Tato pidió que les dijera que está muy bien y vive con la bisabuela Rosa. Que el hecho de no creer

en la vida después de la muerte dificulta la relación de él con vosotros.

Conmovidos y en lágrimas, los padres de Tato lo abrazaron, llenos de alegría y esperanza.

— Es verdad que no creíamos en la vida después de la muerte, sin embargo delante del recado que

nuestro hijo nos mandó, no hay como no creer. ¡Gracias, Alfredo! ¡Es la vida que tú nos devuelves

con esas noticias! ¡Que Jesús te bendiga siempre!

                                                     MEIMEI                                      

(Recebida por Célia X. de Camargo, em 2/11/2014.)

Traducción  Isabel Porras Gonzáles

Fuente: O Consolador- Revista Semanal de Divulgación Espirita, Año 8 - N° 405 - 15 de Marzo de 2015

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