quinta-feira, 14 de abril de 2016

Tomando decisiones


Mientras el padre se entretenía leyendo un periódico, Gustavo, de once años, cogió un libro del estante y se puso a ojearlo. De repente paró, y preguntó:

— Papá, ¿qué es libre albedrío?

El padre colocó el periódico a un lado y se quitó las gafas:

— Libre albedrío, mi hijo, es la capacidad que el ser humano tiene de tomar sus propias decisiones, hacer sus elecciones. ¿Entendiste?

— No.

Lleno de paciencia, el padre respondió:

— Por ejemplo, Gustavo. Mañana es sábado y tienes entrenamiento de fútbol a la tarde. ¿Tú vas?



— No sé, papá. También tengo invitación para ir a una fiesta de cumpleaños, en el mismo horario.

— Yo sé. Cumpleaños de Jorginho, tú amigo de infancia. ¿Y entonces? ¿Qué  vas a decidir? ¿Vas al entrenamiento o vas a la fiesta?

— Creo que no voy a la fiesta de Jorginho, papá. Creo que voy al entrenamiento.

— Ah, ¿entonces tú ya te decidiste?

El chico pensó un poco y respondió:

— El fútbol es un compromiso que asumí al inicio del año y no debo faltar. El equipo necesita de mí. Sin embargo, pensando bien, papá, si yo no fuera al aniversario,

Jorginho va a quedar molesto conmigo.

— Entonces, ¿tú vas al cumpleaños de tu amigo?

Gustavo movió la cabeza, confuso, y respondió:

— Pensando bien, existe otro problema. La próxima semana nuestro equipo tiene un partido importante, que forma parte del campeonato entre las escuelas. ¡Ah, Mi Dios!

¡No sé qué hacer!

El padre sonrió y explicó:

— Libre albedrío es exactamente eso, mi hijo. Entre dos o más opciones, tú tienes que decidir. En ese momento, tú vas a tener que decidir: el placer o el deber.

— Ahora yo entendí, papá. ¡Pero es muy difícil tomar decisiones!

El padre concordó con él, recomendando que pensara bastante hasta el día siguiente para no tomar una decisión equivocada.

— Mi hijo, el libre albedrío es una dádiva de Dios, pero también es una conquista del Espíritu en el trayecto evolutivo realizado. Entonces, necesitamos pensar bien antes de cualquier decisión. Sea ella correcta o equivocada, quedaremos siempre condicionados a las consecuencias de nuestros actos, según la Ley de Acción y Reacción, o Ley de Causa y Efecto.    

Como era tarde, fueron dormir.

Al día siguiente, Gustavo estaba sentado a la mesa tomando el desayuno, cuando el padre le preguntó:

— ¿Y qué, mi hijo? ¿Decidiste?

— Pensé bastante y aún no me decidí. Sin embargo hasta la tarde, yo decido.

Casi a la hora de salir, Gustavo apareció en la sala con la mochila y un paquete envuelto para regalo en la mano.

— Veo que tú te decidiste por el aniversario, Gustavo. Quiere decir que el placer ganó — dijo el padre.

El chico balanceó la cabeza negativamente.

— ¿No? Entonces, vas al entrenamiento. Quedaste con el deber.

Gustavo balanceó la cabeza nuevamente:

— Tampoco, papá.

— ¡No estoy entendiendo!

— Es que apareció una tercera alternativa, papá. Recordé que tendremos examen de matemática el lunes. Entonces, voy a estudiar en la casa de un compañero que entiende bien la materia. Antes, sin embargo, voy a pasar por la casa de Jorginho, a darle las felicitaciones y a entregar el regalo que compré para él.

El padre estaba sorprendido y maravillado. Su hijo Gustavo, que él había juzgado un poco descuidado con relación a sus tareas, había mostrado que era ponderado y responsable, tomando decisiones con habilidad.

Se levantó, extendiendo los brazos para el jovencito:

— Enhorabuena, mi hijo. Tú supiste decidir entre el placer y el deber. Pero, dime, ¿y el entrenamiento? El equipo tiene juego importante la semana que viene...

Abrazando al padre, con enorme sonrisa en el rostro, el chico explicó:

— Es verdad, papá. Sin embargo, supe hoy pronto que el juego será aplazado.

Entonces, no tuve más dudas. Ahora estoy tranquilo, seguro de que hice lo mejor.

Gustavo se despidió del padre y de la madre, cogió la mochila con los libros, el regalo y, haciendo señal una última vez, cerró la puerta tras de sí.

El padre estaba feliz. Se sentía realizado por tener un hijo que había usado el libre albedrío de manera tan responsable.

                                                        TIA CÉLIA

                                                                               
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