sábado, 30 de janeiro de 2016

Educar y amar

El mundo de los niños es diferente del mundo de los adultos. Es un mundo de sueños y de aspiraciones nobles. Un mundo amoroso, lleno de ternura y ansiando comprensión. Kardec escribió que los niños son espíritus que se presentan en el mundo con los vestidos de la inocencia. Espíritus maduros que se hacen pequeñitos y tiernos para poder entrar en el Reino de los Cielos. Regresan a la fuente de la vida, se renuevan en las aguas pulidas de la esperanza, recomienzan la existencia con grandes planes de trabajo delineados en lo íntimo. Son frágiles y parecen puros por que precisan atraer el amor de la gente grande. Carecen de amor e imploran cariño.

Las investigaciones pedagógicas entre las tribus salvajes revelan que los niños de las tribus, al contrario de lo que suponían algunos teóricos, no eran tratados con brutalidad sino con reserva y cariño. Para el salvaje el niño era como un extranjero que llega a la tribu, pero un extranjero que puede ser un amigo. Antes de integrarlo en la vida social ellos los mantenían en observación, procurando atraerlos con amor. Después de los rituales de integración, los adolescentes continúan siendo encarados con ternura y tratados con cariño.


La finalidad de esas investigaciones es favorecer el descubrimiento de la verdadera naturaleza de la educación. En los pueblos civilizados la educación aparece muy compleja, revestida de numerosos artificios técnicos y teóricos, perturbada por sofismas y sujeta a intereses múltiples. En los pueblos salvajes ella podría ser observada en la fuente, está aún pura y desnuda como la verdad. Es lo que las investigaciones revelan que la educación, en su verdadera esencia, un acto de amor por el cual las consciencias maduras actúan sobre las inmaduras para elevarlas a su nivel.

Educar es amar, por que la mecánica de la educación es la ayuda, el amparo, el estímulo. La vara, el indicador, la palmadita, las descomposturas y los gritos pertenecen a la domesticación y no a la educación. La violencia contra el niño es un estímulo negativo que despierta sus reacciones inferiores, despierta la fiera del pasado en la criaturita vestida de inocencia que Dios nos envió. Solo el amor educa, solo la ternura hace que las almas crezcan en el bien.



El peligro del ejemplo


El comportamiento de los adultos, no solo en relación con los niños sino también alrededor de los niños, tiene sobre ellos un poder mayor de lo que generalmente pensamos. El ejemplo es una didáctica viva. Por esto mismo es peligroso. 

Acostumbramos decir que los niños aprenden con facilidad las cosas malas y difícilmente las buenas. Y es verdad. Pero la culpa es nuestra y no de los niños. Nuestros ejemplos ejercen mayor influencia sobre ellos que nuestras palabras. Nuestra enseñanza oral es casi siempre falsa, insincera. Enseñamos lo que no hacemos y queremos que los niños sigan nuestras palabras. Pero ellos no pueden hacer esto porque aprenden mucho más por la observación, por el contagio social que por nuestra palabrería vacía.

Renouvier decía que aprender es hacer y hacer es aprender. Nosotros mismos, los adultos, solo aprendemos realmente alguna cosa cuando la hacemos. En la niñez el aprendizaje está en función de su instinto de imitación. La niña imita a la madre (y a la profesora), el niño imita al padre (y al profesor). De nada vale la madre y el padre, la profesora y el profesor enseñaren buen comportamiento si no dieren ejemplo de lo que enseñan. Las palabras entran por un oído y salen por el otro, pero el ejemplo queda, el ejemplo cala en el alma infantil. Tagore, el poetan decía que el niño se alimenta del suelo social por las raíces de la especie, pero que también extrae de la atmósfera social la clorofila del ejemplo. El psiquismo infantil es como una fronda abierta en el hogar y en la escuela, agotando ávidamente las influencias del ambiente.


J.Herculano Pires
Extraído del libro “Pedagogía espirita”


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