sábado, 31 de outubro de 2015

El socorro divino

En cierta ocasión, cuando Jesús peregrinaba por el planeta, había un hombre muy creyente en Dios. 

Josué oía las lecciones de Jesús, pero las interpretaba de acuerdo con su voluntad e intenciones.
Al oír al Maestro decir que aquel que pidiera recibiría, aquel que buscara encontraría y quien tocara a la puerta ella le sería abierta, entendió que, quien así actuara con fe, encontraría los recursos de Dios.
Entonces, el hombre, que ambicionaba riquezas, buscó de todas las maneras ser un vencedor en el mundo. Después de algún tiempo dedicándose a los negocios, él consiguió ser rico, pero en virtud de sus ocupaciones, se había alejado del Maestro.



Por esa época, Jesús había sido prendido, juzgado y condenado a una muerte infamante en la cruz, entre dos ladrones. Sin embargo, como Josué viajaba mucho, no tuvo
conocimiento de ese hecho. Al volver, informado que el Maestro había partido, quedó muy triste, pero se conformó. Finalmente, había conseguido lo que deseaba.

Algunos meses después, sintiéndose solo, Josué decidió que necesitaba tener una familia. Encontrando una joven bella y digna, se casó con ella. Algún tiempo después, dos lindos niños vinieron a alegrar su hogar.  


Sin embargo, Josué no les daba la más pequeña atención, preocupado en adquirir cada vez más riquezas y notoriedad.


Dentro de algunos años, la salud física, que siempre fuera excelente, desapareció por medio de los excesos de todo orden.

Así, Josué se vio en uma situación desesperada. Su inmensa riqueza, poço a poco, fue siendo consumida por los gastos excesivos. La esposa y los hijos, a los cuales nunca había dado atención, se fueron, dejándolo solo en la enorme mansión.

Enfermo, pobre y abandonado por todos, acabó volviendo al mundo espiritual. En uma región de sufrimientos, él lloraba compadeciéndose de las dificultades que atravesaba.
Ahora solo, nuevamente se acordó de Jesús y, en lágrimas dolorosas, buscó en pensamiento la figura del Maestro amado.  

Em cierta ocasión, después de mucho suplicar ayuda, como evocado por sus recuerdos, Josué vio al Maestro surgir a su frente, bello como los días felices en que Él peregrinaba por los caminos llevando consuelo a todos los sufridores.

Cayendo de rodillas a los pies del Celeste Amigo, en lágrimas, el infeliz Josué se quejó:

— ¡Jesús! Estoy sufriendo mucho. Me abandonaste en medio de la existencia. Hoy padezco solo, aunque siempre conectado a Ti.

El Maestro lo miro lleno de piedad y aclaró con voz acariciadora:

— ¡Jamás te abandoné! Fuiste tú, Josué, que te alejaste de mí, corriendo detrás de quimeras, de ilusiones.

Sorprendido, el creyente replicó:


— ¿Cómo, Señor? ¡Siempre seguí tus enseñanzas! Afirmaste: ¡pedí y recibiréis, buscad y hallaréis, tocad a la puerta y ella os será abierta! Fue eso lo que siempre hice con tus recomendaciones!...


— Es verdad, Josué. Sin embargo, buscaste el oro de manera egoísta, usándolo en tu propio interés.
Arrodillado, con la cabeza baja, el infeliz lloraba copiosamente. Jesús prosiguió:

— Te di salud perfecta, que te era tan necesaria para trabajar, y la dilapidaste en excesos de todo
género.

— ¡Perdóname, Señor!

— Te di una familia amorosa, que alejaste por no distribuir cariño y atención a tu fiel esposa y a los hijos queridos.

Delante de las palabras del Maestro, Josué hacía una retrospectiva de la existencia, cada vez más avergonzado, reconociendo su culpa.

Después de algunos momentos, Jesús volvió a hablar:

— Finalmente, Josué, dejaste de lado las lecciones que legué al mundo, viendolas sólo con la lente de tus propios intereses. El problema, Josué, no es la salud, la familia o la riqueza. Es lo que hacemos con ellas. Todo lo que recibiste era para ser bien utilizado por ti: la salud te permitiría trabajar más y mejor en mi siembra; la familia, que abandonaste afectivamente, te ayudaría en esa labor del bien, y la riqueza que conquistaste podría haber proporcionado ayuda a muchos necesitados de orientación, de pan, de ropas, de medicamentos y de abrigo. ¿Percibes ahora lo que hiciste con los talentos que te fueron confiados?

Josué, cayendo en sí, avergonzado de sí mismo, sollozaba.

— ¿Señor, y ahora?!...

Mostrando sublime comprensión e inmenso cariño en la mirada, el Maestro volvió:

— Vuelve a la Tierra y comienza de nuevo, buscando, esta vez, acertar. Renueva mientras es tiempo tu visión espiritual, pues de nada aprovecha al hombre ganar el mundo y perder su alma.

Los ojos de Josué se llenaron de nueva esperanza, en cuanto el Señor se apartaba lentamente hasta convertirse apenas en un punto luminoso en el firmamento.   
                        
MEIMEI

(Recebida por Célia X. de Camargo, em Rolândia-PR, em 16/7/2012.)

Fuente: Revista El Consolador – Año 6- n°281
Traducción: Isabel Porras Gonzáles


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