sábado, 24 de outubro de 2015

El Buen Samaritano (Cuento)

EL BUEN SAMARITANO
(Lucas, capítulo 10, 25-37)


Un día, un pobre hombre viajaba de la ciudad e Jerusalén hacia otra ciudad, Jericó, a treinta y tres kilómetros de la capital , en el Valle del Río Jordán. 

El camino estaba lleno de curvas y había muchos peñascos, en cuyas grutas era común que se refugiaran los salteadores de caminos que, en aquel tiempo, eran muy peligrosos.         ...>>

El pobre viajero fue asaltado por los ladrones. Los salteadores fueron muy malvados porque además de robarle todo lo que el pobre hombre llevaba, el atacaron con mucha violencia, dejándolo casi muerto en el camino. 

Después del asalto, pasó por aquel mismo lugar un sacerdote del Templo de Salomón. Venía de Jerusalén, donde seguramente había terminado sus servicios religiosos y se dirigía también a Jericó. Vio al pobre viajero tirado en el camino, herido y moribundo, pero no se detuvo para socorrerlo. No tuvo compasión del pobre herido abandonado en el camino. A pesar de sus conocimientos de la Ley de Dios, era un hombre de corazón muy frío. Por eso, continuó su viaje, descendiendo la montaña, indiferente al sufrimiento del infeliz…

Instantes después, pasa también por el mismo lugar un Levita. Los Levitas eran los auxiliares del culto religioso del Templo. Ese Levita no procedió mejor que el Sacerdote. También conocía la Ley de Dios, pero en su alma no había bondad e hizo lo mismo que el Sacerdote, su jefe. Vio al herido en el suelo y pasó de largo. 

Una tercera persona pasó por el mismo lugar. Era un samaritano que igualmente venía de Jerusalén. Vio al infeliz herido en el camino, pero no procedió como el sacerdote o el Levita. El Buen Samaritano descendió del caballo, se acercó al pobre judío y se llenó de compasión cuando lo contempló de cerca con las ropas rasgadas y ensangrentadas y el cuerpo herido por la paliza que recibió. 

Inmediatamente, el bondadoso samaritano retiró de su saco de viaje dos pequeñas vasijas. Una era de vino, con ella desinfectó las heridas del pobre hombre; otra, de aceite, con el que alivió los dolores. Le cubrió con vendas, le levantó y le puso sobre el caballo. En seguida se dirigió hacia una posada cercana y cuido de él como cariñoso enfermero durante toda la noche. 

La mañana siguiente, teniendo que continuar su viaje llamó al dueño de la posada y le entregó dos denarios (*) pidiéndoles que cuidase bien del pobre herido: 

— Ten cuidado con el pobre hombre. Si gastas algo más de este dinero que te dejo, yo te pagaré todo cuando vuelva.

*******

Jesús contó esta parábola a un Doctor de la Ley que le había preguntado:

— Maestro, ¿qué debo hacer para poseer la Vida Eterna?

Jesús le respondió que era necesario amar a Dios de todo corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con todo el entendimiento; y también amar al prójimo como a si mismo.

El doctor de la ley, a pesar de su sabiduría, preguntó al Divino Maestro quién es el prójimo. Entonces, Jesús le contó la Parábola del Buen Samaritano. 



Terminada la historia, el Señor preguntó al sabio judío:

— ¿Cual de los tres (el sacerdote, el levita o el samaritano) te parece que fue el prójimo del pobre hombre que cayó en las manos de los ladrones?

— Fue el tuvo misericordia para con él — respondió el doctor.

— Ve y haz lo mismo — le dijo el Divino Maestro.


********



¿Has entendido, hijito, la Parábola del Buen Samaritano?

El Doctor de la Ley quería saber a quién él debería considerar como su prójimo. Pero, Jesús le respondió indirectamente a la pregunta, con otra cuestión: ¿Quién fue el prójimo del hombre herido? Jesús indagó al Doctor de la Ley quién era aquel que supo tener amor en el corazón para el desconocido sufridor del camino. Y, el Doctor, que era judío (los judíos odiaban a los samaritanos) confesó que fue el samaritano.

“Ve y haz lo mismo” — es la recomendación eterna del Maestro. Nuestro prójimo, hijito, es cualquier persona que esté en nuestro camino; y cualquier alma necesitada de auxilio; es aquel que tiene hambre, que tiene sed, que está desamparado, que está sufriendo en prisión o en el lecho del dolor...

Que tú, hijo mío, imites siempre al Buen Samaritano. Que estés siempre listo para socorrer a quien sufre, como el bondadoso samaritano hizo, sin hacer preguntas, al necesitado.

Haz lo mismo, como Jesús pidió. Nunca preguntes, nunca procures saber cosa alguna de aquél que puedes y debes auxiliar. No te intereses en saber si el pobre, si el enfermo, si el huérfano necesitado es espírita o católico, si es judío o protestante, si la persona es blanca o de color. No te intereses en saber cuales son las ideas que él profesa o la política que le acompaña. No cultives en el corazoncito los odiosos preconceptos de raza, de religión o de color. Que tu mires apenas las heridas de quien sufre, para pensar. Que tu observes solamente el dolor del prójimo, para aliviarlo.

Imita al Buen Samaritano, hijito. Es Jesús quien pide a tu corazoncito: “Ve y haz lo mismo”, siempre, en todas partes, con quien quiera que sea.

Este es el camino de la Vida Eterna, con Jesús.


(*) El denario era una moneda romana, en curso en Palestina en tiempo de Jesús.




 

<< Home                    Cuentos>>