quarta-feira, 21 de outubro de 2015

Amigos para Siempre


A Carlos le gustaba mucho visitar a su tía Ana, hermana de su mamá. Sentía un cariño especial hacia su primo Vítor, de cinco años.

Con ocho años, sintiéndose mucho mayor que su primo, Carlos disfrutaba jugar con Vitinho, como lo llamaba. Sin embargo, el niño, a pesar de las atenciones que recibía de Carlos, lo trataba mal, se peleaba con él, no le prestaba sus juguetes y, cuando se enojaba, lo rechazaba diciéndole: 

- ¡Eres malo! No me agradas.

Su tía Ana, al ver el comportamiento de su hijo, abrazaba a Carlos y lo consolaba:

- ¡No lo busques, Carlos! Vítor hoy no está muy bien. ¡Está molesto con todo!                 ...>>

- No te preocupes, tía Ana. Lo entiendo. Me voy a casa; mamá ya debe tener listo el almuerzo. ¡Vuelvo en otro momento!... – decía el niño fastidiado, pero comprensivo. 

Generalmente, él no comentaba con su mamá cómo era tratado por Vítor. No quería entristecerla; después de todo, era el hijo de su hermana. Ese día, sin embargo, Carlos llegó a casa muy triste. Se sentó en el sofá y, con la cabeza entre las manos, empezó a llorar con mucha pena. 

La mamá oyó el ruido de la puerta y, al no ver a nadie, fue hacia la sala. Encontró a su hijo en el sofá llorando mucho y le preguntó, abrazándolo:

- Carlos, hijo mío, ¿qué sucedió? ¡¿Por qué estás llorando así?!...

Enjugándose los ojos, dijo:

- ¡Mamá, no sé por qué Vítor me trata tan mal! ¡Dice que soy malo y que no le agrado! Pero nunca hice nada en su contra; al contrario, él me gusta mucho y siempre trato de ayudarlo. Le llevo los dulces y caramelos que gano, le enseño a jugar pelota, ¡le leo cuentos! ¡No sé por qué me trata así, como si yo fuese un enemigo!...

La mamá acercó al niño hacia su pecho y, enjugándole los ojos, reflexionó:

- Carlos, hijo mío, todos nosotros somos espíritus que ya hemos vivido muchas veces, como sabes. Cuando esas cosas, que no sabemos explicar, suceden es una señal de que, en el pasado, en otra vida, tuvimos problemas de relación.

- ¿Cómo es eso, mamá? - preguntó el niño, agrandando sus ojos.

- Supongamos que yo te hubiera lastimado en una vida pasada. Tú no confiarías en mí, ¿no? Ahora, al reencontrarnos en esta vida, sentirías miedo de mí, como si supieras que no podrías confiar en mí. ¿Entendiste?

- ¡¿Tú crees, mamá, que es así como Vitinho me ve?!...

- Todo lleva a creer que sí, hijo mío.

El niño se quedó pensativo, y después murmuró:

- Ah!... ¡Pero a mí él me agrada mucho, mamá! Nunca le haría algo.

- Lo sé, hijo mío. Sin duda cambiaste de actitud, arrepintiéndote de lo que hiciste y pasaste a ser quererlo. Y ambos renacieron en la misma familia para que se pudieran encontrar, ahora fortaleciendo los lazos de afecto.

Carlos asintió con la cabeza, mostrando haber entendido, y luego preguntó:

- Mamá, ¿qué hago para que Vítor aprenda a confiar en mí? 

La mamá sonrió y explicó:

- Tú quieres agradarle, mostrarle que realmente lo aprecias, ¿no? Entonces, no tengas prisa. Continúa ayudándolo en todo lo que puedas, ten paciencia con él, muéstrale que lo quieres y, sobretodo, ora por él, pidiéndole a Jesús que puedan entenderse de verdad. Todo eso va a pasar, hijo mío. ¡Confía en Dios!

Entonces, al día siguiente, Carlos fue nuevamente a la casa de su primo, lo trató con mucho cariño y hasta le llevó un juego suyo que era el que más le gustaba a Vítor y que todavía no había aprendido a jugar.
- Ha traído mi juego para tí, Vitinho. ¡Es un regalo! Y voy a enseñarte a jugarlo, es fácil.

El pequeño sonrió y abrió la caja, encantado. Sabía que era un juguete para niños mayores y, tal vez por eso, tenía tantas ganas de jugar, como su primo Carlos.

Así, ellos pasaron toda la mañana jugando y divirtiéndose. Antes de irse, Vítor se despidió de su primo agradeciendo:

- ¡Me gustó que vinieras a mi casa, Carlos! Gracias por el juego. ¿Vienes mañana?

- ¡Claro! ¡Puedes esperarme! – dijo Carlos. 
Otro día, él volvió y trajo otra sorpresa para Vítor: un pequeño tractor que a su primito le gustaba mucho. Y, así, día tras día, la relación entre ellos fue mejorando.

Cierta tarde, salieron a pasear. Carlos y Vitinho encontraron a un grupo de muchachos bravucones. Uno de ellos empujó a Carlos, que se cayó y se golpeó la cabeza contra un muro. 

- ¡Socorro! ¡Lastimaron a Carlos!... ¡Mamá! ¡Tía!... ¡Corran! – Vítor se puso a gritar, asustado, al ver a su primo en el piso.

Oyendo los gritos de su hijo, Ana llegó corriendo y luego la mamá de Carlos apareció, queriendo saber qué había sucedido. Al ver a las dos madres, el grupo corrió. La mamá de Carlos se arrodilló en el piso, asustada de ver a su hijo caído y preguntó si estaba lastimado.

- No te preocupes, mamá. Me golpeé la cabeza contra el muro, pero ya estoy bien.

Vítor, todavía asustado, se arrodilló en el piso y abrazó a Carlos, contento al ver que no estaba lo habían lastimado mucho. Solo le sangraba un poco la cabeza.

- Ah, Carlos, me alegro que no fuera nada. Tenía mucho miedo de esos muchachos y comencé a gritar. Cuando vinieron mamá y tía, se fueron lejos. ¡Gracias a Dios!

Y, diciendo esas palabras, Vítor abrazó a su primo y dijo entre lágrimas:

- Te quiero mucho, Carlos. ¡Tú eres en quien más confío aparte de mamá y papá!... ¡Ahora somos amigos para siempre!

La mamá de Carlos intercambió una mirada con su hijo y ambos entendieron: todo había pasado. ¡Vitinho y Carlos ahora eran realmente amigos!...

MEIMEI
Cuento psicografiado por el médium Célia X.de Carvalho el 23.02.2015

Traducción: Carmen Morante


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