sexta-feira, 10 de abril de 2015

Respeto mútuo


El señor Manuel era un hombre muy bueno y compasivo. Vivía del trabajo de la tierra y sus tareas eran ejecutadas siempre con amor y dedicación. Él tenía un hijo que, no obstante la educación que le daba, era indisciplinado y obraba siempre sin preocuparse de los otros, jamás pensando si perjudicaba a alguien o no.

El padre cariñoso intentaba orientarlo para el bien, afirmándole que siempre debemos amar al prójimo y respetarlo, como Jesús nos enseñó.

- ¿Y los animales? – preguntaba Tonino, impaciente.

- Los animales también, hijo mío. Son nuestros hermanos menores, acreedores de toda nuestra consideración y respeto, necesitando de nuestra ayuda, tanto como nosotros no prescindimos del concurso de ellos para nuestras tareas del día a día.  ...>>


Como estaban en el campo, el padre hizo una pausa y ejemplificó, apuntando a un animal atado al arado.

- Mira a Gentil, por ejemplo. Es dócil y manso, nunca desdeña el trabajo arduo del campo y, en todos estos años en que trabajamos juntos, nunca lo vi rebelde e indisciplinado. ¡Jamás agredió a alguien!

- Con Gentil aun estoy de acuerdo, pues él ayuda, papá. ¡Pero los otros!...- replicó Tonino con desprecio.

- Los otros animales también ayudan, hijo mío. Cada cual tiene una tarea diferente, pero no menos importante. Mimosa, nuestra vaquita, ofrece la leche tan buena que bebemos todas las mañanas; las gallinas ofrecen los huevos para nuestra alimentación y nuestro perro trabaja sin descanso, cuidando de la defensa de nuestra casa. Por tanto, todos merecen nuestro cariño y gratitud.

Pero Tonino aun no estaba convencido.

Al día siguiente, el señor Manuel invitó a Tonino para ir a la ciudad a hacer unas compras. Tonino, eufórico con el paseo, se alojó en la pequeña carroza, feliz de la vida.

Al llegar a la ciudad, en cuanto su padre entró en el almacén para hacer compras, Tonino se quedó viendo el movimiento de la calle.

El tiempo fue pasando y su padre no volvía. El niño fue quedando impaciente.

Miro para gentil, que permanecía parado, con los ojos bajos, humilde, sin dar demostraciones de impaciencia. Tuvo ganas de agredir al animal para ver su reacción.

- Voy a dar una vuelta. Veremos si él es realmente obediente.

Tonino miró a su alrededor y vio un pedazo de tabla, larga y fina, en una construcción allí cerca.

Cogió la madera y, sin titubear, subió a la carroza y ordenó a Gentil que andase. El animal, no reconociendo la voz del dueño a la que estaba habituado, no salió del sitio.

Tonino, cogiendo la madera, dio con ella sobre el lomo del caballo. Este relinchó de dolor y, levantando las patas delanteras, empinó peligrosamente la frágil carroza, tirando a Tonino al suelo.

Al oír los gritos en la calle, el Sr. Manuel acudió corriendo, encontrando al hijo en el suelo, gritando.

Al saber lo que ocurrió, a través de las personas que asistieron al hecho, Manuel se sintió indignado.

- ¡Pero papá, tú dijiste que Gentil era manso y él me derrumbó! – gritaba el chico, sorprendido.

Y el padre, cogiendo al hijo y levantándolo hasta junto al animal, le dijo:

- ¿Y encuentras que él podría obrar diferente? ¡Mira lo que hiciste con el pobre animal!

Del lomo del caballo corría un hilo de sangre. Tonino no notó que en la punta de la madera existía un clavo y fue el dolor de la herida que hizo a Gentil reaccionar.

Aprovechando la oportunidad que se le ofrecía, Manuel completó:

- Gentil es manso como un cordero. Sólo se defendió de una agresión, instintivamente. Todos nosotros, hijo mío, recibimos de acuerdo con lo que hubimos hecho. Si tú le hubieses dado cariño y amor, habrías recibido la retribución correspondiente.

Como tú agrediste, fuiste agredido. ¿Entendiste?

Muy avergonzado, Tonino movió la cabeza en señal de asentimiento y se prometió a sí mismo que nunca más cometería el mismo error.

Tía Célia






Autora : Célia Xavier de Camargo
Traducción: Isabel Porras Gonzáles

Fuente: O Consolador - Revista Semanal de Divulgación Espirita




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