sexta-feira, 3 de abril de 2015

El siervo infeliz


Existió cierta vez en un país muy distante, un hombre que vivía siempre muy infeliz y disgustado de la vida que llevaba. 

Todo servicio era pesado y desagradable. No había tarea que desease realizar y cualquier pequeño servicio que se le ordenase era hecho de mala gana. 

Vivía renegando por los rincones y acabó por volverse una compañía indeseable hasta al lado de los otros siervos de la casa. 

Si el patrón lo mandaba lavar y tratar a los caballos, se quejaba que el olor de los animales le causaba malestar. Si la tarea solicitada era ir hasta la ciudad a comprar mantenimientos, alegaba que el sol le daba problemas y que era siempre él para hacer el servicio pesado. Si él era mandado a recoger el rebaño en el pasto al anochecer, alegaba que el sereno era malo para su salud delicada. 

En fin, cualquier tarea que le fuese conferida era ejecutada de mal humor y mucha mala voluntad, aunque tuviese el cuerpo sano y los brazos fuertes.

Cierto día, él y otro siervo fueron mandados a la ciudad para hacer un servicio y, como no podía dejar de ser, él iba quejándose de la vida para el compañero que lo escuchaba con paciencia infinita.

- Pues es como te digo. Todo servicio desagradable es para mí. Hago siempre las obligaciones más pesadas y, si no bastase eso, vivo con problemas de salud y dolores en todo el cuerpo. ¡Ya no aguanto más!

El otro, con delicadeza replicaba, convencido:

- No es así eso, amigo mío. Todos nosotros trabajamos bastante, es verdad. Pero somos  recompensados, pues el patrón es bueno y generoso. No podemos quejarnos de la suerte. Más allá de eso, todo servicio es bendición de Dios.

- ¡Que nada! Somos tratados como animales y trabajamos como un burro de carga para ganar una miseria. ¡Ah! ¡Como me gustaría tener una vida diferente, de no necesitar trabajar! 

Y avistando en el camino, más adelante, un hombre sentado bajo un árbol, frente a un pequeño portal que daba acceso a una casa simple pero que exhalaba limpieza, lo apuntó en cuanto hablaba: 

- Mira aquel hombre allí calmadamente sentado a la vera del camino. Su fisonomía serena muestra que no debe tener problemas. Y, para estar sentado a esa hora del día, es señal de que no trabaja. ¡Eso si que es vida! 

Se aproximaron. El hombre los miraba con tranquilidad. Como aun estuviese un poco frío, tenía una manta bastante usada, pero limpia, que lo cubría hasta la cintura. 

Entablaron conversación, y el siervo infeliz le preguntó curioso: 

- Dígame, buen hombre, ¿qué hace en la vida? ¡Con seguridad no debe trabajar! ¡Ah, como lo envidio! 

El extraño lo miró serenamente y respondió: 

- Es verdad. No trabajo más como antiguamente porque no puedo. Toda mi vida fue un hombre trabajador. Llegaba todas las noches a la casa exhausto, pero feliz, porque cumplía bien mis obligaciones. Un día, sin embrago, conducía una carroza rumbo al poblado cuando sufrí un accidente. Los caballos se asustaron y la carroza se desorganizó. Intentando detener a los animales, que salieron en un galope desenfrenado, salté sobre los caballos y quedé entre ellos, cogiéndolos con mis fuertes puños. El madero, sin embargo, se partió, y yo perdí el equilibrio, cayendo entre las patas de los animales. Quedé muy herido, no obstante con la bendición de Dios, estoy aun vivo. 

Y, haciendo una pausa, retiró la manta sobre las piernas, concluyendo: 

- Me quedé sin mis piernas, pero no lo lamento. Aun puedo hacer muchas cosas, muchachotes. Tengo aun los brazos fuertes, los dedos ágiles y la cabeza lúcida. Les dijo que no ejecutaba más el servicio antiguo… 

Y, apuntando con la mano, mostró un muchachito sonriente que se aproximaba trayendo un fardo de hojas. 
                     

- Ahora hago cestas para vender. Mi hijo me ayuda y hemos conseguido sobrevivir con esta actividad. 
Y elevando la frente para lo alto, habló con los ojos húmedos de lágrimas: 


- ¡Dios es muy bueno! Tengo una familia amorosa, no me falta trabajo y estoy vivo con la gracia de Dios. Como pueden ver, tengo todo lo que necesito para ser feliz.

El siervo descontento bajó la cabeza, avergonzado por la lección que recibió. Conmovido, salió de allí meditando en todas las dádivas que Dios le dio y que nunca supo aprovechar y agradecer. 

Desde ese día en adelante se volvió otro hombre. Con buen ánimo y alegría realizaba todas las tareas, recordando siempre de agradecer a dios las oportunidades que le concedió en la vida. 

Tía Célia 


Autora: Célia Xavier de Camargo
Traducción: Isabel Porras Gonzáles Fuente: Revista O CONSOLADOR - Año 2 - N° 74 - 21 de Septiembre de 2008

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