terça-feira, 22 de julho de 2014

Afectividad y Familia

Todos nos esforzamos por vivir en un núcleo familiar donde el afecto sea la fuerza propulsora, permitiendo que cada cual se vuelva diariamente una persona mejor.
Entretanto, olvidamos preguntarnos si actuamos de manera que colaboremos para que este intento sea alcanzado, exigiendo, muchas veces, la perfección que no tenemos en aquellos que están a nuestro lado.
Por otro lado, en algunas circunstancias encontramos en el grupo de amigos las afinidades que no conseguimos construir con los familiares, siendo esa relación explicada en función de causas espirituales.
Con todo, es importante reflexionar un poco mejor sobre el tema, y encontramos en el texto de abajo “Parentela” de Richard Simonetti, publicado en O Reformador de febrero de 1997, subsidios para nuestra meditación.


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Parentela
Richard Simonetti

Está en el Evangelio de Mateo (12:46-50) que Jesús predicaba a una pequeña multitud, en una residencia, cuando fue informado de que su madre y sus hermanos le llamaban y deseaban hablarle.
Preguntó el Maestro:
- ¿Quién es mi madre y quién son mis hermanos?
E indicando a sus discípulos:
- ¡He ahí a mi madre y mis hermanos! Pues quien cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.
Extraña esa reacción de Jesús. Una desconsideración hacia su familia, particularmente hacia su madre, por quien, en otras oportunidades, siempre demostró solicitud.
Su primera aparición en la vida pública, en Las Bodas de Canáa, estuvo al lado de María. Su última preocupación, en la cruz, fue con María, que confió a los cuidados del apóstol Juan.

Mejor que nadie, Jesús conocía y cumplía el deber de honrar a su padre y a su madre, conforme al principio divino enunciado en la Tabla de la Ley, lo que, obviamente, implica darles atención y cuidarles.
¿Por qué, entonces, esa aparente contradicción?
No es difícil definir lo que ocurrió.
Supongamos que yo estuviese en casa de unos amigos espíritas, hablando al respecto de la pluralidad de mundos habitados.
Alguien avisa:
- Richard, su madre y sus hermanos están ahí fuera y quieren hablar con usted.
Sonaría mal.
Pero si estuviese hablando sobre los valores de la fraternidad, considerando la existencia de la familia universal, hijos de Dios que somos todos, entonces la observación surgiría como una ilustración, sin causar extrañeza.
Es probable que así haya ocurrido con Jesús.
Como el episodio fue registrado fragmentariamente, la observación puede sugerir una desconsideración con su familia.
Hay varios pasajes evangélicos en que tenemos dificultad para comprender su pensamiento, nos parece enigmático y oscuro precisamente porque hubo un registro precario, sin que sepamos las circunstancias que enseñaron la lección de las explicaciones posteriores que ofreció a los oyentes.
Consideremos también el problema de la afinidad. Explica Kardec, en “El Evangelio según el Espiritismo”, que las palabras de Jesús sugieren que hay una parentela carnal y una espiritual.
Los parientes por la carne son aquellos que tienen la misma sangre. Padres, hijos, hermanos, hermanas...
No pocas veces, mientras viven bajo el mismo techo, atendiendo a variados compromisos, permanecen separados por la diferencia de aptitudes, de tendencias, de estado evolutivo...
Las ligaciones por la carne pueden ser molestas e irritantes, por cuanto envuelven personas que deben caminar juntas pero no están de acuerdo en cuanto a los caminos ideales.
Si no consiguen ajustarse, ejercitando el entendimiento, pueden desviarse hacia la frustración y la rebeldía, transformando el hogar en un palco de lamentables dramas, donde se hacen presentes la traición, la agresión, el abandono...
La parentela espiritual es diferente. Son Espíritus que se identifican con los mismos ideales, las mismas tendencias, los mismos deseos de realización superior, estableciendo preciosos lazos de simpatía y afectividad.
Las ligaciones humanas pueden romperse con la muerte, si son determinadas tan sólo por la sangre; mas, las ligaciones espirituales, sustentadas por la afinidad, se prolongan después del túmulo.
Forman familias ajustadas y felices, cuyos miembros se ayudan siempre, cada vez más unidos, aunque atendiendo, eventualmente, compromisos distintos.
Puede ocurrir que un miembro de nuestra familia espiritual no esté reencarnado a nuestro lado, mas podrá haber asumido la posición de nuestro guía, llamado también angel de la guarda, que nos acompaña, extendiendo sobre nosotros su protección y estimulándonos al cumplimiento de nuestros deberes.
¿Quién mejor que un miembro cualificado de la familia espiritual podría desempeñar con mayor dedicación y eficiencia semejante tarea?
Imagino a la esposa pensando:
Ahora se por qué es tan difícil convivir con aquella bestia que se llama mi marido. Ciertamente es un enemigo del pasado que debo ayudar para verme libre de él algún día.
El marido:
Menos mal que aquella bruja que hace de madre de mis hijos pertenece nada más que a la familia humana. No necesito preocuparme con ella cuando el diablo se la lleve.
El hijo:
Creo que no existe ninguna ligación mayor con mis padres. Son unos lerdos que sólo complican mi vida. En cuanto pueda me largo. Quiero distancia...
Las personas que piensan así no entendieron bien el espíritu de la ligación. La convivencia con la parentela carnal no es un mero ejercicio de forzada tolerancia para que nos libremos de ella un día.
La finalidad mayor es la armonización.
Se trata de aprender a convivir bien con nuestros familiares, creando lazos de simpatía y afecto, aunque seamos diferentes.
Si apenas toleramos a aquel que está a nuestro lado, guardando dolor y resentimiento, estaremos perdiendo nuestro tiempo y sembrando dificultades para el futuro.
Ciertamente a todos nos gustaría pertenecer a la familia de Jesús. Por tanto, siguiendo sus palabras, es preciso cumplir la voluntad de Dios.
Parece algo complicado, ¿no es así, amigo lector?
Saber lo que Dios espera de nosotros...
Es un asunto de una vida para los filósofos.
Es un desafío de muchas bibliotecas para los investigadores.
Aquí entra la incomparable sabiduría del Maestro.
El breve enunciado al alcance de todas las inteligencias, explica que cumplir la voluntad de Dios es hacer por el semejante todo el bien que nos gustaría recibir.
Simple, ¿no es así?
Simple y eficaz, principalmente en el hogar.
Cuando alguien se vuelve hermano de Jesús la familia humana es invariablemente beneficiada.
Nadie consigue quedar indiferente a los ejemplos diarios de abnegación y sacrificio, comprensión y renuncia, bondad y discernimiento.
Cuando, observando el Evangelio, dejamos de ver a nuestros familiares como la bestia, la bruja, o los lerdos, y los vemos como nuestra oportunidad de colaborar con Dios en la obra de sus hijos, se producen prodigios de entendimiento en favor de la más gloriosa de las realizaciones:
Integrarnos todos en la familia universal.


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Traducción: Yolanda Durán