terça-feira, 11 de março de 2014

Los hogares viven una crisis de valores

En los últimos meses, varios casos de asesinatos envolviendo a las familias fueron publicados en las  noticias. Las historias relatadas son desagradables pero, por encima de todo, nos entristecen, porque nos muestran que muchos valores se han perdido, o incluso que nunca existieron en esos hogares y han llevado a sus integrantes a estas situaciones extremas. Claro que estas tragedias han existido siempre, pero hoy toman otras proporciones porque son transmitidas a tiempo real y de forma globalizada. Hoy, sin embargo, tienen otras connotaciones ante los valores de una sociedad materialista. 
Para el psicólogo clínico Gelson Roberto, de la Asociación Médico-Espírita de Rio Grande do Sul, la familia puede ser tanto un factor protector de cualquier tipo de dolencia mental, como transformarse en un factor de riesgo para el desenvolvimiento de variadas disfunciones. “Estamos viviendo una época de abandono y falta de amor, abandono de los valores, de las relaciones, de soportar la vida y mantenerla cerca de nosotros, abandono de la esperanza, del otro y de nosotros mismos... Falta el amor que comprende, espera, tolera, toma de la mano, cuida y envuelve de manera profunda. Intensidad y superficialidad, en lugar de profundidad; desprecio y arrogancia, en lugar de respeto y humildad; descuido, en lugar de cuidado. Es eso lo que hemos visto”, declara. “Precisamos vernos nuevamente como familia. Percibir que cada grupo es una familia, que la sociedad en que vivimos es una familia, que la Tierra toda es una gran familia, el alma del mundo donde todos están conectados. Precisamos sentirnos familia. Solo así podemos servir como apoyo familiar”, completa.
El psicólogo clínico Rossandro Klinjey Irineu Barros, de la Asociación Médico-Espírita de Paraíba, concuerda con el colega y va más allá: “Vivimos una crisis de valores que alcanza todo el tejido social, de modo que la familia, como célula de ese tejido, refleja y al mismo tiempo sucumbe a tal crisis. Se trata, casi siempre, de familias desestructuradas, en las cuales los valores de fraternidad no son construidos de manera que eviten el surgimiento de un individualismo egoísta. Conforme a la respuesta de los espíritus, a Kardec, en la cuestión 775 del Libro de los Espíritus, tal relajación en los lazos de familia generaría un recrudecimiento del egoísmo en la sociedad”, afirma.
La mejor escuela
Todos saben que el hogar debe ser un lugar acogedor, de recogimiento, pero también la mejor escuela. En la convivencia estrecha con las diferencias, educamos sentimientos. En el libro El Consolador, Emmanuel dice que “la mejor escuela sigue siendo el Hogar, donde la criatura debe recibir las bases del sentimiento y del carácter”. Entonces, si faltan el amor, los preceptos morales y la educación, la familia enferma.
“La religión coloca al hombre en ligazón con Dios y con sus leyes. Coloca al hombre como creación de Él, como lo son también los planetas, las estrellas y las galaxias. Si todo es armonía en el universo, ¡ha de ser armonía también en nosotros! Entonces, nada debería amedrentarnos, porque sabiéndonos hijos de Dios, confiamos en su dirección. Jesús nos trajo la revelación de la inmortalidad del alma y de la felicidad en la vida futura. Conscientes, por la revelación espírita de que Dios no castiga, sino que todo obedece a las leyes de acción y reacción, podemos entender porque sufrimos y que el dolor es consecuencia de nuestras elecciones infelices e instrumento de mejoría de nosotros mismos. Somos inmortales y el sufrimiento es pasajero. Si aquellas familias que aparecen en los informativos, en esas tragedias supiesen esto, tal vez el desenlace hubiese sido otro. ¿Quién sabe si una de aquellas criaturas no sería el sustento de los padres? ¿Quién sabe, superados los días de privación, no aparecería una oportunidad de empleo? Aquel que cree en la vida futura, en la inmortalidad del alma y en la providencia divina, es capaz de superar los más terribles desafíos!”, analiza Ana Paula Vecchi, doctora en Ciencias Médicas, reumatóloga, pediatra y miembro de la Asociación Médico-Espírita de Goiás.
¿Y la familia, como está?
Estos son días desafiadores, en los que se ven familias destrozadas por sus propios miembros, señalando momentos penosos, en los tiempos de la transición planetaria.
La familia es un sistema que se define como saludable, o no, conforme esté operando funcional o disfuncionalmente, respectivamente.
Cuando goza de salud, se reviste de relaciones ricas en emoción – sus miembros se comunican abiertamente, y hay intercambios afectivos gratificantes; el hogar obedece a una jerarquía de funciones, en la cual la autoridad parental (padre y madre) queda asegurada para el debido cumplimiento de los papeles que les caben delante de los hijos: protección, nutrición, cuidados, afectividad, etc.
En el hogar equilibrado, existen reglas nítidas que regulan las interacciones entre los subsistemas: conyugal (esposos), parental (padres-hijos) y fraternal (entre hermanos), garantizando el buen desempeño doméstico, claramente percibido por la unión amorosa entre sus miembros y, al mismo tiempo, por la diferenciación y crecimiento de cada uno de sus integrantes. Esas normas estructuran la libertad responsable dentro del hogar, por medio de los derechos y deberes, que son bien definidos para todos los componentes de la familia.
La educación noble, comandada por los padres, establece valores y principios morales que van siendo esculpidos gradualmente, en cada elemento de la prole, creando ambiente y cultura de armonía y paz, lo que favorecerá, para todos, un futuro esperanzador y feliz.
Desempeño y comportamiento
Cuando la familia no observa ese desempeño, pierde su función, adolece y muestra que no está bien, por medio de su miembro más sensible y vulnerable, que asume comportamiento alterado, variando desde la simple irritación hasta la enfermedad orgánica; de la acción agresiva destructiva al uso de drogas; del desequilibrio emotivo hasta el trastorno psiquiátrico...
Eso es lo que se observa en estos días, cuando, con muchas excepciones la familia se resiente de la ausencia de una jerarquía padre-hijo, con pérdida de autoridad y de alteridad, presentando desobediencias, ora consagrados a los hijos dictadores, comandando padres inertes; ora, por medio de padres castradores y violentos que aplastan a sus hijos con rudos castigos, en lugar de la buena educación que podrían ofrecerles. 
Se identifica, en casa, la diminución de la convivencia en los rituales familiares (comidas, conversaciones, entretenimiento compartido, acompañamiento en los estudios con los hijos, fines de semana juntos, celebraciones, etc.), con repercusiones negativas para la afectividad, que no tiene espacio para ser cultivada y permutada, generando carencias sentimentales inevitables. Sin contar con los perjuicios psicológicos, en base en los problemas del día a día, que se van acumulando como conflictos, porque dejan de ser tratados en un ambiente familiar de complicidad.
Se percibe que los valores a los que se rinde culto en casa pasan a centrarse en el éxito material y, a veces, hasta es estimulado el sacrificio de los principios morales, a fin de alcanzar objetivos estrictamente mercantilistas.
Se registra en el hogar amplia competición entre sus miembros, en una ausencia de solidaridad, como se fuesen oponentes, y no pertenecientes al mismo clan.
Se nota que la prole es inclinada al cumplimiento de un culto religioso, sin incentivo real hacia la vivencia de la religiosidad. 
Círculo vicioso
También en este momento la sociedad, con valores muy diversificados y, muchas veces ambivalentes, viene, por medio de los grupos sociales que la componen, a replicar en los hogares lo que de ellos viene recibiendo, realimentando un círculo vicioso. 
Así:
- Se multiplican loables academias para curar el cuerpo, pero escasean las inversiones en las academias de Educación, para permitir al pueblo la formación de ciudadanos saludables.  
- Se instalan en los canales de televisión (abiertos y privados), programas en los que todo vale – de los gladiadores modernos a los informativos estrictamente de crímenes. Aún son raras las iniciativas en el incremento de programaciones que incentiven el cultivo del arte (concursos de poesía, de música, de pintura, etc.)  y los nobles valores humanos, como las biografías de iconos pacifistas, incluyendo aquellos que recibieron el premio Nobel de la Paz. 
- Se desdobla, al lado de la violencia virtual de los vídeo-juegos, la violencia real en las calles (en los atascos de tráfico, los asaltos, secuestros relámpago, etc.), aumentando la inseguridad y el miedo de las personas, que pasan a cultivar una gran carga de estrés. 
- Se extienden la falta de las políticas públicas adecuadas para la salud, la educación, la seguridad pública, determinando la ignorancia, las enfermedades epidémicas y la tensión psicosocial en el pueblo. 
- Es habitual la presencia de gestores públicos y políticos que malversan el dinero público, actuando criminalmente, y quedando impunes ante la revuelta de la población. 
En fin, con todo este escenario externo presionando la estructura del hogar, no es de extrañar que la violencia doméstica asuma grandes proporciones, especialmente cuando se incluye la comprensión de la reencarnación, que trae espíritus muchas veces antipáticos o enemigos para convivir bajo el mismo techo, objetivando reconciliaciones ante un larguísimo pasado… Por no encontrar hogares revestidos de suficiente amor, capaces de asegurar el perdón libertador, esos espíritus dan margen al surgimiento de tendencias animosas de ayer, rehaciendo conflictos pretéritos con consecuencias imprevisibles.   
Igualmente, no se pueden olvidar las influencias espirituales negativas, que aprovechan la falta de análisis, vigilancia y oración, enseñadas por Jesús, para maximizar la agresividad hasta el nivel de la delincuencia, denunciando la lamentable desconexión entre los miembros de la familia y los espíritus guardianes, que en vano buscan tutelar a sus protegidos en el nombre de Dios. 

Alberto Almeida es médico homeópata, terapeuta de familia y terapeuta transpersonal.
Folha Espirita – Numero 475 – Outubro/2013
Traducción: Valle Garcia Bermejo