sábado, 23 de março de 2013

Cada uno da lo que tiene


Autora: Célia Xavier de Camargo
Daniela, niña de 8 años, deseaba mucho poder ayudar a las personas.
Había aprendido que todos los seres humanos son hermanos, hijos del mismo padre, que es Dios, y por eso, tenía ganas de esparcir cosas buenas por donde fuera. 


Cierto día, ella encontró a Celeste, una vecina con quien jugaba siempre. Eran amigas y extrañó ver a la niña triste y con los ojos húmedos.
— ¿Por qué estás llorando, Celeste? — indagó preocupada. 
Y la amiga, enjugando los ojos, explicó:
— Mi padre perdió el empleo, y mi madre está afligida, Daniela. No sé lo que va a ser de nosotros. Todo está difícil allá en casa. ¡No tenemos nada, ni que comer! 
Daniela oyó y también se quedó triste, pero reaccionó:
— Celeste, no te preocupes. Jesús va a ayudaros a vosotros.
— Yo sé, Daniela. ¡Pero para ayudarnos, Jesús necesita de las personas! 
Daniela oyó aquellas palabras y quedó callada, pensando qué hacer. De repente, una idea brillante invadió su cabecita. Ella decidió qué hacer.
— Celeste, no te preocupes. Jesús os va ayudar a vosotros.
— Yo sé, Daniela. ¡Pero para ayudarnos, Jesús necesita de las personas!
Se despidió de la amiga y comenzó a ir de casa en casa, explicando la situación y pidiendo ayuda para la familia de Celeste. En la primera casa, el dueño oyó con una sonrisa y dijo:
— No puedo. Además de eso, si él perdió el empleo es porque hizo algo equivocado. Hallo mejor no meterse, Daniela.
— ¡No tengo dinero! De hecho, si tuviera no lo daría. ¡Esa gente es perezosa! — en otra casa dijo una señora.
En la tercera casa, la chica oyó de la mujer que atendió a la puerta:
— ¡¿Yo?!... ¿Dar dinero a desocupados? ¡De ninguna manera! ¿Y quién es que va a ayudarme?
Desanimada, la niña se sentó en el bordillo y apoyó la cabeza con las manos. ¿Qué hacer?
Su madre, que había extrañado la tardanza de la hija, apareció en el portón y, viéndola desanimada, quiso saber el motivo. Daniela le contó lo que había ocurrido, y terminó por decir:
— ¡Y ahora, mamá, yo no sé qué hacer!...
La señora se sentó en la calzada, la abrazó con cariño, después consideró:
— Tú tienes toda la razón, hija mía, necesitamos ayudar a las personas con necesidad. ¡Pero, si tú piensas así, eres tú quien tienes que ayudar! ¡Haz tu parte! Y puedes contar conmigo y con tu padre, a buen seguro. Sin embargo, cada uno es responsable por la propia vida y no podemos obligar a nadie a hacer lo que no quiera. ¿Entendiste?
— Entendí, mamá. ¡Entonces, si nadie quiere participar, voy a ver cómo yo puedo colaborar!
Daniela fue hasta la casa de Celeste. Del otro lado de la calle, vio que, haciendo un coro, varios vecinos conversaban. Ella pasó y siguió su camino. Llegando a la casa de la amiga, entró y vio a la madre de ella, inquieta, sin saber qué hacer.
— ¿Puedo ayudar, doña Alice?
— ¡Ah! Daniela, yo necesito buscar legumbres para la sopita del bebé y no tengo quién cuide de él, pues Celeste está en el depósito lavando las ropitas del bebé, lo que también es urgente. 
— Puede ir, doña Alice, yo tengo cuidado de él — dijo Daniela, tranquilizando a la señora.
La dueña de la casa le agradeció y salió, volviendo rápido. Hizo la sopa del bebé, pero no tenía nada para el almuerzo, ni dinero para comprar. Inmediatamente, Daniela fue hasta su casa, habló con la madre, y trajo los alimentos necesarios, siendo recibida con un abrazo agradecido por doña Alice.
Mientras la señora, más animada, hacía el almuerzo, queriendo ser útil, Daniela barría el jardín. Incomodados, los vecinos se aproximaron con cara fea, preguntando:
— ¿Por qué estás haciendo eso, Daniela?
La niña levantó la cabeza y respondió con firmeza:      
— Esta familia está necesitando de ayuda, y yo colaboro como puedo. ¡Cada uno da lo que tiene!
Delante del ejemplo de la niña, los vecinos bajaron la cabeza, avergonzados. En la misma hora, uno de ellos consideró:
— Bien. Por lo que tú me contaste, Olívio está desempleado. Creo que le puedo arreglar una colocación en mi empresa. ¡Así que llegue, voy a hablar con él!
Daniela abrió una gran sonrisa:
— ¡Gracias! ¡Él quedará muy contento y la familia de él también!...
Luego, otras personas quisieron ayudar y, satisfecha, la niña fue a contar a la madre que, también sonriendo, consideró:
— Todo eso es resultado de tu esfuerzo, hija mía. ¿Notaste como tu ejemplo hizo a las personas cambiar de actitud? ¡Felicidades! ¡Jesús debe estar agradecido y contento contigo!       

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